El suegro la obligó a firmar el divorcio en plena cena por “no darle herederos”, pero 1 sobre amarillo destapó el asqueroso secreto de su esposo.

PARTE 1

“Firma y lárgate antes de que sigas manchando el apellido de mi hijo”.

Las palabras de don Arturo resonaron como truenos en el salón privado del restaurante más exclusivo de Polanco. Afuera, la Ciudad de México celebraba el Año Nuevo con cohetes y música. Adentro, el silencio era tan pesado que asfixiaba.

Sofía se quedó mirando la carpeta de piel que acababa de aterrizar de golpe sobre el mantel blanco.

En la hoja 1, su nombre estaba impreso con letras mayúsculas: Sofía Mendoza de Garza. No tuvo que leer demasiado para entender la humillación.

Divorcio por mutuo consentimiento.
Renuncia absoluta a bienes.
Acuerdo de estricta confidencialidad.

“Firma voluntaria”, decía el documento. Qué maldito descaro.

Sofía giró el rostro hacia su esposo. Mateo estaba sentado a su lado, pero parecía 1 fantasma. Tenía las manos entrelazadas sobre las piernas, la mirada clavada en su plato intacto y la cobardía tatuada en la cara.

—¿Tú sabías de esta pendejada, neta? —le preguntó ella, con 1 nudo en la garganta.

Mateo no abrió la boca. Y ese silencio absoluto la rompió por dentro mucho más que cualquier insulto de su suegro.

Fue entonces cuando doña Carmela, la matriarca de la familia, tomó su copa de champaña y sonrió con 1 frialdad escalofriante, como si al fin se le cumpliera 1 deseo.

—Sofía, mi niña, no vayas a hacernos 1 escena de arrabal aquí —dijo con ese tonito fresa que usan las señoras de sociedad para humillar—. Todos en esta mesa sabemos que esto era cuestión de tiempo.

De pronto, Sofía sintió cómo 20 pares de ojos se clavaban directamente en su vientre.

Llevaban 2 años de matrimonio. 2 malditos años de interrogatorios constantes en cada reunión.

“¿Y el bebé para cuándo, mija?”.
“¿Ya fuiste con 1 buen especialista, o pura clínica patito?”.
“Es que las mujeres de ahora trabajan tanto que se les enfría la matriz”.
“1 casa sin niños es 1 casa vacía”.

Al principio, Sofía pensaba que solo eran comentarios imprudentes de gente anticuada. Después comprendió que eran ataques calculados para destruirla.

Ella había hecho de todo. Visitó a los mejores ginecólogos, se tragó tratamientos hormonales que le hinchaban la cara, probó tés asquerosos que le mandaban las tías metiches y hasta dejó que la sirvienta de doña Carmela la llevara con 1 sobadora en Xochimilco para “acomodarle la matriz”.

Todo para absolutamente nada.

1 doctora le había diagnosticado 1 leve desbalance hormonal. Era tratable, pero complicaba las cosas. Esa tarde, Sofía lloró mares en el coche durante casi 1 hora. Mateo la abrazó fuerte y le juró que no importaba, que él la había elegido a ella y no a 1 incubadora.

Ella, como 1 completa ingenua, le creyó cada palabra.

Don Arturo, 1 empresario respetado que manejaba su casa como si fuera su constructora, golpeó la mesa con el puño, sacándola de sus tristes recuerdos.

—La familia Garza necesita continuidad. Mateo es mi único hijo varón. No estamos para perder el tiempo esperando milagros guadalupanos.

—¿Milagros? —susurró Sofía.

—Herederos, Sofía. 1 nieto. Algo que es evidente que tú no sirves para darnos.

Nadie tosió. Nadie la defendió. Doña Carmela se acomodó sus perlas carísimas y miró con anticipación hacia la puerta de caoba del salón.

—Antes de que firmes esos papeles, hay alguien que tiene que estar presente esta noche —anunció la suegra con 1 sonrisa venenosa.

La puerta se abrió lentamente.

Y entró Regina.

La exnovia de Mateo. La mujer que doña Carmela siempre mencionaba “sin querer”. La que seguía apareciendo en los portarretratos de la casa como si jamás se hubiera ido. La que, según su suegra, “sí sabía lo que implicaba ser parte de 1 familia de alcurnia”.

Regina caminó con paso altanero y se plantó justo detrás de la silla de Mateo.

Él ni siquiera se inmutó. No la apartó. No miró a su esposa.

Pero lo que le heló la sangre a Sofía no fue verla ahí. Fue ver la mano de Regina. Llevaba puesto el enorme anillo de zafiro de la abuela Garza, la joya que doña Carmela siempre dijo que sería “exclusivamente para la mujer que le diera a su primer nieto”.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…