El suegro la obligó a firmar el divorcio en plena cena por “no darle herederos”, pero 1 sobre amarillo destapó el asqueroso secreto de su esposo.

PARTE 2

Regina estaba parada junto al esposo de Sofía como si ese lugar siempre le hubiera pertenecido por derecho.

Lo más cruel y asqueroso de la escena era que nadie en la mesa parecía sorprendido. Ni los tíos copetudos, ni los primos, ni las concuñas con sus vestidos caros y sonrisas de plástico.

Todos sabían el plan. O al menos lo esperaban con ansias.

Sofía miró a Mateo, buscando 1 gramo de dignidad en él.

—¿De verdad no me vas a decir nada, güey? —le soltó ella.

Él abrió la boca para balbucear, pero don Arturo se adelantó como 1 perro guardián.

—Mi hijo no tiene nada que explicarte. Él merece 1 vida completa. 1 familia de verdad. Y Regina siempre ha sido de los nuestros.

1 risa amarga y seca se le escapó a Sofía, atorándosele en la garganta.

—Qué chingón. Me piden que no haga 1 escándalo, pero traen a mi reemplazo a la cena como si estuviéramos en 1 capítulo barato de telenovela.

Doña Carmela frunció la boca con evidente asco.

—No seas vulgar, Sofía. Demuestra 1 poco de clase.

¿Vulgar ella? Sofía miró la carpeta, luego a la cínica de Regina, y finalmente a su esposo de adorno. Era 1 trampa perfecta. El notario seguro esperaba afuera, la familia entera de testigo, la ex lista para tomar su lugar.

Era 1 juicio. Y ella ya había sido sentenciada antes de entrar al restaurante.

A 3 sillas de distancia estaba sentada Daniela, la prima de Sofía. Había llegado con ella porque, 5 días atrás, la encontró llorando en la cocina y le advirtió: “Mateo anda muy raro. Hay algo turbio que te está ocultando”.

Daniela no era de hacer berrinches. Era auditora forense, de las que rastrean fraudes millonarios y cuentas fantasma. Tenía 1 paciencia aterradora y 1 memoria fotográfica.

Y esa noche, traía 1 sobre amarillo manila bien agarrado bajo el brazo.

Sofía no tenía ni la menor idea de qué chingados había descubierto su prima.

Solo recordaba que, al contarle de la insistencia enferma de los Garza por esa cena, Daniela le sentenció: “Voy contigo. Y pase lo que pase, no firmas ni 1 hoja hasta que yo te dé luz verde”.

Pero en ese instante, viendo a Mateo reducido a 1 gusano cobarde y a la exnovia luciendo las joyas de su suegra, algo en el alma de Sofía se apagó para siempre.

Tomó la pluma Montblanc.

El salón entero soltó 1 murmullo de alivio. Doña Carmela sonrió, saboreando su victoria.

Sofía firmó la hoja 1. Luego la hoja 2. Luego la hoja 3, marcando el papel con furia.

Mateo levantó la cara por fin, pálido como 1 muerto.

—Sofía, espérate…

—¿Qué? ¿Ahorita sí ya te salieron huevitos para hablar? —lo interrumpió ella, aventando la pesada carpeta hacia donde estaba don Arturo—. Ahí tienen. Su pinche papel. Lo que tanto querían.

Por primera vez en la noche, el patriarca de los Garza se vio desconcertado. Seguro esperaba que ella le suplicara. Que llorara a mares. Que aceptara irse humillada, pero rota por dentro.

No le dio ese maldito gusto.

Fue entonces cuando Daniela se puso de pie.

El rechinido de su silla contra el piso de mármol sonó más fuerte que 1 disparo. Sacó el sobre amarillo, caminó hasta la cabecera y lo azotó en la mesa.

—Antes de que destapen otra champaña para celebrar, don Arturo, le sugiero que lea esto —dijo Daniela con 1 voz que cortaba el hielo.

El viejo arrugó la frente, indignado.

—¿Y usted quién se cree, escuincla, para meterse en los asuntos de mi familia?

Daniela le sostuvo la mirada, con 1 sonrisa de lado.

—Soy la única persona que se tomó la molestia de investigar la porquería que su hijito lleva años escondiendo.