Se suponía que la noche del baile de graduación era algo que simplemente iba a superar.
Sonríe cuando sea necesario. Guarda silencio. Vete a casa.
Ese era el plan.
Pero todo cambió en el momento en que bajé las escaleras.
Llevaba un vestido que yo misma había confeccionado, con la tela del antiguo uniforme militar de mi padre.
No porque fuera perfecto.
Porque era suyo.
Cada puntada tenía un significado. Cada trozo de tela guardaba un recuerdo al que no estaba preparada para renunciar.
Me enseñó a coser cuando era más joven. En aquellos tiempos en que la vida todavía se sentía… completa.
Tras su muerte, la casa cambió.